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Tiempos raros

Una de las tareas más críticas de un editor de revistas periódicas es evaluar las opciones a publicar en cada número. Muchas veces la selección obedece a una nueva realidad que debe ser razonada por el equipo editorial, verbalizada por el director y presentada de la manera más clara y sugerente al público. Otras veces se trata de una determinada mirada al contexto de actuación, descubriendo en él alguna narrativa importante de ser observada atentamente. Con frecuencia nos toca abordar hechos singulares, asociados a determinada tipología, o a escenarios cultural y geográficamente específicos; otras, nos toca hilvanar aspectos aparentemente disímiles provocando de alguna manera una mirada abarcadora y tolerante que sin embargo, al llegar a la última página parece adquirir cierta coherencia.

Intentamos crear un discurso conceptualmente lógico de cada edición. Incluso en las más eclécticas. Una revista no puede ser una colección indiferente de objetos y noticias recolectadas simplemente por su actualidad. Debe haber una cierta noción de pertenencia a un cuerpo intelectual regente del volumen completo. Idealmente la realidad permite escoger entre sus diversas manifestaciones, los hechos suficientes para ser enfocados temáticamente.

En este proceso el editor profundiza -o debería hacerlo- en los flujos críticos y construye un conocimiento que trasciende a la velocidad de los tiempos actuales. Este es el verdadero aporte de una publicación profesional como AAA.

Los tiempos actuales brindan una lectura muy difusa; producto de la fertilidad de los medios digitales de comunicación y las llamadas redes sociales, cada dia se distribuyen millones de imágenes y se escribe fugazmente sobre infinidad de temas relativos a la arquitectura y todos los campos del conocimiento humano. Uno de los aspectos más notables de este flujo inverosímil -por lo demás diseñable a nuestra medida individual- es su interés en la más disparatada paleta de temas: las ruinas de la prehistoria, la arquitectura colonial, los edificios modernos, las tecnologías paramétricas, la arquitectura de autor, los estudios académicos, etc, etc, etc… A diferencia de la cultura editorial de hace pocas décadas, no se enfoca un sólo tema, un solo estilo, si la palabra fuera válida en este contexto; coexisten todos los intereses, se construye una realidad alternativa acomodada a la curiosidad de cada usuario. Se habita el mundo desde un lugar en el que aparentemente “se vale todo”, se publican indistintamente y con la misma validez proyectos en Africa y en Europa, construídos en tierra y bambú y en titanio, proyectados en computadoras o dibujados exquisitamente a mano. La atención se enfoca en todo, cabe todo en la mochila, el discernimiento es posterior. Estamos ante la posibilidad de aprender de todos, y de valorar todo lo que ocurre en el mundo, siempre que sea accesible a través del internet.

Esto, paradójicamente, se me antoja bueno. Se permite una democratización del conocimiento antes imposible. Se accede sin fronteras al saber y a las vivencias humanas globales con una inmediatez pasmosa.

Ahora bien, significa esto que todo es críticamente aceptable? Cuales son los parámetros para medir la apropiatez de las propuestas? Son los designios de una arquitectura y un urbanismo sostenibles los únicos valores a tamizar? Es la estética por la estética -o el arte por el arte, se solía decir- un vehículo sobre el cual motorizar toda la arquitectura actual a nivel mundial? Donde quedan y quien establece los estamentos éticos sobre los cuales deben ser juzgada la nueva arquitectura? Lo cierto es que hoy en dia los límites se desdibujan. Coexisten la buena arquitectura histórica con la contemporánea más audaz, los estudios sobre la edilicia patrimonial como los dedicados a establecer criterios para la idoneidad de los esquemas ante las prerrogativas del clima; coexisten la arquitectura de autor junto a la vernácula; coexisten los temas del espacio público y de la arquitectura como pieza de configuración de un todo urbanístico cada vez más imprescindible. Ya hablar de la modernidad, del posmodernismo o de la deconstrucción parece ser un discurso vacío de contenido, referido solo a tendencias estilísticas históricas, obsoletas aunque incluyentes, referidas desde un hoy aestilístico. En fin de nuevo, se vale todo. Referimos al lector al lúcido artículo de Bruno Stagno presentado en esta edición titulado Pautas de diseño para la arquitectura tropical contemporánea, donde precisamente se plantea una visión de la arquitectura contemporánea basada en argumentos éticos ineludibles.

Esta edición ofrece un panorama amplio de enfoques. La sección Caribbeana ha resultado de especial vigor. Alex Martínez Suárez nos regala una segunda entrega de sus fotos arquitectónicas, con una Mirada Reciente de igual sorpresa y abandono. También en Caribbeana, se han recogido una serie importante de publicaciones de gran calidad sobre la arquitectura dominicana y del Caribe, reseñadas por Marcos A. Blonda o presentadas por quien escribe. Saludamos este nuevo cuerpo editorial y esperamos que la misma vitalidad pueda ser sostenida en el futuro próximo.

El capítulo de obras presenta varios rescates patrimoniales dignos de ser resaltados, algunos de manos de los equipos municipales -singularmente bien representados en estos años-, otros de la mano del Estado Dominicano o de la empresa privada. La polémica restauración de la hoy Catedral de Santa Bárbara ha sido muy alabada por el público, aunque muy cuestionada por los restauradores ortodoxos dominicanos, principalmente por el abarrotamiento de esculturas en fibra de vidrio que hoy adornan lo que fuera una iglesia parroqual barrial en el Santo Domingo de la colonia. Este tema de los restauros seguirá siendo ampliado en ediciones posteriores, debido al gran empuje que se ha impreso al Centro Histórico de Santo Domingo por medio del proyecto BID / MITUR.

Varias casas vacacionales de exquisita factura se presentan también en estas páginas, realizadas en diversos puntos del pais. Asimismo reseñamos 4 edificios urbanos en altura construídos recientemente en el Polígono Central, todos de atractiva presencia y buena calidad, con diversos abordajes en su proyectación. También del universo turístico es la propuesta de uno de los más fértiles arquitectos dominicanos, Sergio Escarfullery, para el ClubMed de Miches, desarrollando una estética a la vez familiar y novedosa, enriquecida con una serie de consultores internacionales que han trabajado al unísono para obtener un resultado atractivo y novedoso.

Mientras se escribe esto, el mundo se inaugura con la pandemia del Corona Virus. Ya varios países se encuentran tomando medidas extremas en el control de su población. La República Dominicana acusa pocos casos, aunque es de esperarse que aumentarán notablemente. No sabemos el impacto real que tendrá esta enfermedad sobre el planeta, ni cuales serán las transformaciones en los modos de operación normalmente llevados a cabo. Podemos suponer estrategias de nuevo cuño, pero en verdad, estamos acudiendo a la puesta en escena de unos tiempos raros, en los que no sabemos bien que ocurrirá. Escribir de Arquitectura seguirá siendo nuestro empeño, hasta que la realidad nos obligue a adoptar otros intereses. Ojalá que superemos pronto esta calamidad.

Gustavo Luis Moré