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AAA066

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La zona del este de la Isla Hispaniola, una extensión de tierra llana, con pocos accidentes topográficos y escasa vegetación, termina en el denominado Cabo Engaño, frente al estrecho de la Mona, brazo de mar que conecta al Caribe con el Océano Atlántico, aunándonos a Puerto Rico; En esta coyuntura geográfica la naturaleza ha creado unas playas y un clima verdaderamente asombrosos. Durante siglos, apenas una casa fuerte, como único pié de apoyo en Boca de Yuma por el Gobernador Nicolás de Ovando -en la difícil tarea de dominar las tribus indígenas predominantes en el territorio-, y el uso productivo de estas tareas de tierra devastadas para dar cabida al pastoreo de animales y a la producción de la caña de azúcar. Ya en los inicios del siglo XX, toda la región estuvo abandonada a su suerte, con escasos pobladores dedicados a la la pesca y a la agricultura básica como precario medio de vida.

La población más cercana, Salvaleón de Higuey, fue fundada en tiempos tempranos de la colonia, adquiriendo preponderancia eventual con el asentamiento y posterior construcción de la Basílica de Nuestra Señora de la Altagracia, patrona espiritual del pueblo dominicano, celebrada con un templo de diseño brutalista extraordinario, producto de un concurso internacional emblemático celebrado en los años 50, y hoy en día poco presentada a visitantes, pero constituyendo en verdad, una de las piezas claves de la modernidad caribeña.

La historia de la zona registra: Cuando los colonos españoles iniciaron la conquista de la que sería La Española, la parte oriental de la isla pertenecía al reino Caícimu-Higüey de los indios taínos. El territorio de la actual Provincia La Altagracia, sería una de las últimas zonas de la isla en ser conquistadas por Juan de Esquivel, el militar español que en 1503 dirigió su conquista, tras ser asignado para este fin por Nicolás de Ovando, el gobernador de la colonia. Tiempo después, un conjunto de españoles montó un campamento en la misma zona, pero fueron hostigados por los indígenas que finalmente consiguen matar a varios de ellos. Nicolás de Ovando, gobernador de la colonia y fundador de muchas de sus asentamientos todavía hoy principales, creó en respuesta una partida 300 hombres —entre los que estaba Bartolomé de Las Casas— bajo el mando de Esquivel. Estos ganan el territorio e imponen al cacique Cotubanamá la firma de un acuerdo de paz. Construyeron la pequeña fortaleza, a la que nos referimos antes, que fue ocupada por un reducido destacamento de nueve soldados bajo el mando del capitán Villamán.

El 7 de diciembre de 1508 la colonia de Higüey consiguió una mayor independencia, al serle concedido un privilegio real para mostrar un escudo de armas. Por aquella época, esta localidad pertenecía como parroquia al condado de El Seibo. Durante la colonia, y a pesar de su lejanía de Santo Domingo, tuvo una importante actividad agrícola relacionada con la caña de azúcar, el jengibre y el cacao, que con el tiempo se redirigió a la de ganadería extensiva. Tras unas décadas, Higüey fue trasladada lejos de la costa, al igual que las restantes villas del este.

Hasta aqui, los apuntes generales que registra la historia que poseen cierta relevancia para la nuestra escrita hoy. Lo que hoy en dia se reconoce como uno de los enclaves turísticos más exitosos del Gran Caribe, Punta Cana, que para entonces se llamaba Yauya, era apenas un arco de playa y arrecifes enfrentado al este, poblado por una docena de casuchas dispersas sobre el territorio. La noción de propiedad de estas tierras era ambigua, más bien reclamada por el uso o dominada por los poderes que fueron asomándose a la zona, en el devenir del siglo XX.
A finales de los años 60, un grupo de hombres sobrevuelan y paralelamente exploran por tierra la zona, y se admiran del potencial de la misma. Paralelamante a una visión de desarrollo turístico que se fue consolidando institucionalmente en el estado dominicano, producto de la imaginación y la obra del ex Presidente Joaquín Balaguer, este grupo -eventualmente aumentado hasta lo impensable- de jóvenes inversionistas, pioneros en estos menesteres, lograron desarrollar, en pocas décadas, prácticamente todo el litoral costero del este, desde Bayahibe, al sur, hasta Miches, colindante con el lindero sur de la bahía de Samaná. Varios nombres acuden al inventario de hechos, pero es sin dudas, el del joven Frank Rainieri, -quien acuñó una actitud de actuación “sin prisa, pero sin pausa”, es quien hoy se destaca como arquitecto y asume una misión de vida que le llevaría a incorporarse como principal protagonista de una iniciativa cada vez creciente cuantitativa y cualitativamente. Hoy, Punta Cana, el primer proyecto imaginado en la región, se debe a su iniciativa, oportunamente orquestada con un grupo de socios nacionales e internacionales que creyeron en su visión de futuro, y le acompañaron hasta convertir a Punta Cana, y tras él, a los demás destinos posteriores de la zona -Bávaro, Cortecito, Cap Cana, etc.- en un ámbito representante del paraíso terrenal en cualquier lugar del mundo. Solo hay, a manera de comprobación, que preguntarle a cualquier extranjero dónde ha estado en la República Dominicana, y seguramente Punta Cana está en el tope de sus preferencias. Los taxistas, tanto en Europa como en América Latina, son una excelente referencia.
La revista Archivos de Arquitectura Antillana, iniciada en el 1996, ha publicado docenas de sus números trimestrales en los que incluye obras propias de la zona; muchas casas de gran calidad arquitectónica y proyectos de carácter comercial, han sido descritos, al igual que hicimos ya desde el AAA02, cuando dedicamos varias páginas a cubrir el insólito primer bloque del hoy el mayor aeropuerto del país, el Aeropuerto Internacional de Punta Cana, estructura de radical belleza construida como punta de lanza del desarrollo con los materiales autóctonos del lugar, y piedras producto de la nivelación de la pista. De este primer ensayo de arquitectura aterrizada al sitio, orquestado por el Arq. dominicano Oscar Imbert, y ampliado en varias fases sucesivas, -en AAA066 publicamos precisamente la última fase, actualmente en terminación- surge una primera paleta todavía predominante en la arquitectura de la zona. Oscar y posteriormente su talentoso sobrino, Antonio Segundo Imbert, desarrollan infinidad de obras: hoteles, pequeños y grandes restaurantes, espacios lúdicos cada vez más sofisticados y viviendas de lujo, con un repertorio de materiales locales -piedra caliza, horcones de eucalipto, techos de cana, lajas de piedra gris, etc-, que no tienen nada que envidiarle, en términos conceptuales, a la arquitectura vacacional de otras latitudes realizadas con presupuestos ridículamente más altos.

El primer desarrollo hotelero atraído por las delicias del lugar fue el Club Mediterraneé en RD; de inmediato se desbordó el muro de contención, y decenas de inversionistas extranjeros con arquitectos de variopinta talla, locales e internacionales, fueron construyendo un numeroso rosario de instalaciones vendidas internacionalmente bajo el cuestionado modelo del “todo incluído”, que caracterizó la oferta durante muchos años; hoy, las opciones se han diversificado, y la empresa privada local está actuando dentro y fuera del predio de Punta Cana, con conjuntos residenciales, plazas comerciales, industrias, etc., que han enriquecido la economía local hasta convertir al histórico poblado de Higuey en una especie de ciudad satélite proveedora de servicios de la región. Una pequeña población, a la orilla del camino de acceso desde Higuey, Otrabanda, originalmente construida con hermosísimas casitas vernáculas de madera y zinc, pintadas con las combinaciones de colores más alucinantes imaginados, -y motivo de inspiración de los Imbert en sus primeros ensayos arquitectónicos- hoy se ha formalizado, lamentablemente para mal, gracias a la dinámica económica de la zona.

Una segunda pero inmediata oleada de edificaciones de gran sofisticación se establece con la presencia del enormemente influyente diseñador dominicano Oscar de la Renta, quien participa como inversionista pero además, desarrolla un esquema arquitectónico paralelo, basado en las casas de plantación tropicales típicas de la Louisiana, adaptadas al clima y a los materiales locales; de aspecto más clásico, de gran inspiración Palladiana, de la Renta y una serie de estupendos arquitectos dominicanos y extranjeros -varios de los cuales han sido profundamente estudiados, otros presentados por primera vez en AAA066- han creado esta imagen de identidad complementaria a la rusticidad poética de los Imbert, coexistiendo en un todo enriquecido por su multiplicidad, y a la vez, de alguna manera, homogéneo en su lectura.

El Grupo Puntacana hoy es un conglomerado que trasciende las fronteras de su propiedad en el este de la RD, con participación en diversas iniciativas nacionales e internacionales. Puntarenas, cerca de Azua, en el sur, es una de ellas, al igual que otros desarrollos para vivienda de estratos medios y urbanizaciones de tipo social. Si se quiere, se trata de un proyecto de familia, liderado por Frank Rainieri, en el que participan su inagotable y carismática esposa Doña Haydée Kuret y sus hijos Frank Elías, Paola y Francesca; pero ya el operativo montado para mantener la operación rodando y hacerla crecer cualitativamente, a la vez que se abren nuevos proyectos para atender la demanda de diversos segmentos del mercado regional, ha requerido de una estructura humana enorme, dominada con altísima eficiencia. La cantidad de obras producidas en los cerca de 40 años de esfuerzos es imposible de resumir en estas páginas de AAA, pero hemos pensado que la síntesis realizada para la presente edición, representa de manera atractiva la calidad creciente de los proyectos y obras novedosas.

Originalmente interesados en cubrir toda la zona este del país en un número actual dedicado a la arquitectura del ocio, como habíamos hecho en otra ocasión, en el que incluyéramos Casa de Campo, Boca de Yuma, Cap Cana, Bávaro, Bayahibe y otras localidades turísticas de la región, cambiamos la perspectiva cuando nos percatamos del inventario de nuevas obras por reseñar y nos enfocamos solamente en las hechas en Puntacana Resort & Club. Gracias al interés de Jake Kheel, presidente de la Fundacion Grupo Puntacana, quien nos animó a darle esta mirada profunda a la iniciativa, a Luis Migoya, Director Ventas Inmobiliarias Puntacana Resort & Club, quien nos adentró personalmente en los rincones más recónditos del desarrollo, y al mismo Frank Rainieri y sus asistentes -gracias sobre todo a la Lic. Mónica Medina-, logramos redondear una selección que posee tanto una visión histórica, una personal -la entrevista al mismo Frank fue reveladora-, y una que advierte las posibilidades de adaptación y cambio que esta viviendo la region de Punta Cana hoy en día. Gracias a ellos decidimos concentrarnos en Puntacana Resort & Club, y en verdad, nos faltaron páginas para mostrar todo lo digno de ser expuesto. En ediciones posteriores nos abriremos en temas específicos, como el paisaje, la arquitectura de interiores, las infraestructuras, los desarrollos destinados a otros mercados, etc. Reconocemos en este número a todos los arquitectos, propietarios, suplidores y empresas participantes en la edición, al igual que a nuestro nóvel fotógrafo, Emilio Rodgar, quien por más de 4 semanas se dedicó de lleno a visitar, arreglar, fotografiar y a corregir con elegancia, el gran número de obras reseñadas.

Mientras esto se escribe, decenas de nuevos negocios y de empresas, proveedores de materiales y servicios, profesionales y una mano de obra cada vez más cualificada, se instalan y participanactivamente en la realización de este enclave mágico, situado en la República Dominicana, pero de resonancia mundial. Muchos, pero pocos años, han pasado en verdad, desde que Frank y su grupo de quijotes, hicieran aquellos 10 bungalows -diseñados y construidos con un gasto de centavos por la increíble imaginación del Arq. José Horacio “Sancocho” Marranzini-, al frente de la playa lo que sería el PuntaCana Resort, espacio semilla del proyecto completo. En esos tiempos, la carretera a Puntacana Resort & Club era un camino de tierra; el aeropuerto no existía, Frank Rainieri era un iluso, y los que le visitábamos, dudábamos seriamente si tenía su cabeza bien organizada. Hoy, sin prisa, pero sin pausa, el tiempo le ha dado la razón.

He aqui la obra, Frank, solo una muestra de lo más reciente realizado allí; esperamos otras publicaciones tan ricas como la que hemos obtenido junto a tu maravilloso equipo.

Ya estas en el cielo, hiciste tu propio paraíso en la tierra, que compartes con todos, de
aqui y de allá, gente que viene, va y vuelve, gente que vive aqui y sueña allá con estar aqui con nosotros.