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AAA Pro_File 08

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Durante el transcurso de esta edición de Pro_File hemos profundizado detalladamente en la obra de Pedro José Borrell y en la historia detrás de cada obra. Esta historia, resumida apretadamente en apenas 300 y tantas páginas, es una mirada en la búsqueda de un hombre nacido en Puerto Plata pero criado en Santiago, educado en contacto estrecho con el arte y practicante de varias disciplinas creativas: el dibujo, la pintura, la fotografía y —como actividad totalizadora de todo ese aprendizaje— finalmente, la arquitectura. Es en la arquitectura que Borrell ha alcanzado una dimensión trascendente caracterizada por una serie de importantes obras que por derecho propio tienen su lugar en el corpus construido de la República Dominicana en los siglos XX y XXI. En ese universo se ha centrado el discurso de este volumen.

Borrell es antes que nada un arquitecto de oficio diestro y perfeccionista, consciente de su labor como proveedor de un servicio que debe cumplir los sueños, anhelos y peticiones del cliente. Sin embargo, no por ello su labor está exenta de una profunda dimensión introspectiva y de un compromiso profesional que no admite negociación en su posición creativa. Aunque no pretenda crear manifiestos, ni dictar normas, sus edificios han contribuido a la conformación de la imagen de los lugares donde se encuentran y han estructurado un ámbito en el imaginario cultural dominicano.

Sus obras de la década de 1970, quizás uno de sus grandes momentos creativos, son poseedoras de una poética muy particular, con edificaciones muy expresivas, fundamentadas en la estructura manifiesta. La producción de estos años le mueve a hacer uso intenso del hormigón visto, material que Borrell tradujo en propuestas tectónicas de una fuerza admirable. Su arquitectura doméstica de la misma época, marcó, con un vocabulario cónsono, pero paralelo, el sello plástico de la vivienda que demandaba la clase media de una sociedad en vertiginoso estado de evolución.

Durante las muchas conversaciones que hemos sostenido con Pedro José y los múltiples colaboradores que han participado en esta edición de Pro_File, nos hemos dado cuenta de que Cucho, como le conocen sus amigos, es el autor de una obra sin estridencias, de una sinceridad y una expresividad auténtica. En muchos de sus edificios tiende hacia la separación patente y visible en la propuesta formal de los diferentes ritmos funcionales que se verifican en el interior de los mismos. Queda clara la identidad funcional de cada parte del todo. Se trata de una actitud que el arquitecto reivindica como un credo cuando señala en una conversación con nosotros que él cree que el edificio debe ¨decir¨ como funciona. De ahí la marcada tendencia a enfatizar la separación de los distintos elementos que componen la propuesta arquitectónica. Núcleos de circulación vertical que adquieren una prestancia significativa, casas distribuidas en pabellones o un elemento poderoso marcando una entrada son algunos ejemplos de esta actitud.

Si bien su obra no transige con la contextualidad, tal y como se comprendió en los análisis críticos de la postmodernidad, en muchos de sus diseños hay una actitud de respeto al espacio de la calle: una pequeña plaza que conecta a la acera en un edificio institucional o el maravilloso —hoy mutilado— jardín escultórico propuesto para el “Huacal”, son solo ejemplos admirables de esta posición respecto al espacio público.

La andadura de Borrell no se circunscribe sólo a la arquitectura. Ya hemos dicho antes que la pintura y la fotografía han ocupado una parte importante de su quehacer. Incansable caminante, ha recorrido el país y el mundo realizando investigaciones arqueológicas, fotografiando la gente humilde de la tierra o realizando una importante labor conservacionista. Como arqueólogo submarino ha participado de importantes hallazgos de naufragios de la época colonial tal como consignan en esta edición los textos que Frank Moya Pons y Bernardo Vega generosamente han aportado. Este legado se agrega a sus edificios, que son parte del patrimonio arquitectónico moderno del país.

De todas las actividades creativas la arquitectura es aquella que más escapa a las libertades y al antojo del creador —el programa, los requerimientos, la legislación imponen su freno— pero también es la que más escapa a la imposición del tiempo en la persona del arquitecto. La experiencia agudiza los sentidos, afina la mano, hace que las soluciones de diseño sean producto de una naturaleza adquirida. Tal es el sello de un arquitecto maduro, de una obra reposada y coherente. Pedro José Borrell muestra hoy los signos de esa cualidad que, al ver su obra en perspectiva, son producto de un pensamiento profundo acerca del diseño y del hecho construido.

Al abordar el proyecto de este Pro_File hemos hecho uso de todos los recursos documentales a nuestro alcance. A través de los años, hemos revisitado y conocido muchas o casi todas sus obras, extendidas por gran parte de la República Dominicana; hemos conversado con compañeros de aula de Borrell, colaboradores, consultores y amigos. En una de esas conversaciones, Rafael Veras quien fuera su condiscípulo y laborara junto a él en el pionero proyecto del campus de la PUCMM en Santiago de los Caballeros, nos comentó: “por fin se decidió Cucho a hablar de arquitectura y es que Cucho es así, de la manera que lo retrata Omar Rancier en el interesante ensayo crítico que aparece en esta edición y en el que señala que la obra de Borrell es lógica, racional, correcta y sin aspavientos. El propio Pedro José señala en una entrevista que nos concediera: “en general yo me siento tranquilo con lo que he hecho y, más importante, con lo que todavía estoy haciendo …”