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AAA069

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Casa de Campo: pasado, presente y futuro de una leyenda

Casa de Campo es una comunidad originalmente planificada para brindar espacios de ocio para la creciente demanda de itinerarios turísticos en la región del Gran Caribe. Su origen y desarrollo, ya cercano a los 50 años de trayectoria, obedecen, como todo proyecto, a la visión de una serie de hombres de extraordinario aliento. Este enunciado parecería típico, si no se evidencian las particulares e insólitas características que lo destacan, como uno de los emprendimientos más exitosos y ejemplares de toda la región. Esta primera edición de los Archivos de Arquitectura Antillana dedicada a precisamente ahondar en los lugares ocultos de la historia, pretende iluminar estas particularidades y proponer un acercamiento comprensivo a las virtudes del fenómeno. AAA069 se ha dedicado a estudiar y presentar los primeros 25 años del proyecto, desde sus orígenes hasta la realización de la Marina de Casa de Campo, y el AAA070 atenderá los últimos años, sobre todo enfocando la notable arquitectura que ha poblado el conjunto.

Ante la mirada externa, Casa de Campo resuena como un lugar glamoroso, que propicia un estilo de vida relajado, exclusivo, en el que se aúnan las bellezas naturales con un imaginario de diseño controlado, dirigido a preservar un espíritu especial del lugar. Este espíritu, difícil de traducir a palabras e imágenes, es sin embargo el logro más destacable del desarrollo, y su comprensión y definición, uno de los objetivos a alcanzar en estas dos ediciones especiales.

En principio se trata de una serie de inversionistas norteamericanos dedicados a la industria azucarera y propietarios de extensísimas tareas sembradas de caña de azúcar en el este de la República Dominicana, quienes, acompañados con un puñado de asociados de origen antillano, a inicios de los años 70 deciden utilizar grandes extensiones de terrenos poco aptos para la producción agrícola, para un desarrollo inmobiliario internacional de alto nivel, fundamentalmente de segundas residencias vacacionales. El nombre de Charles Bluhdorn, de origen austríaco, radicado en New York City y presidente de la Gulf + Western, una de las compañías de capital público más exitosas de todos los tiempos, se hace inevitable: Bluhdorn, originalmente interesado en los temas de la industria del Central Romana, uno de los enclaves productivos más poderosos del mundo, orienta su mirada al potencial de la zona en el tema del turismo vacacional. Bluhdorn a todas luces creó un vínculo emocional fuerte en el país, como se verá, y decidió invertir en proyectos de naturaleza cultural y social -Altos de Chavón viene de inmediato al discurso-, que no estaban orientados a la explotación de un producto económicamente atractivo.

El cubano Alvaro Carta, al frente de la operación local, convence a Bluhdorn de invertir en esta idea, y obtiene carta blanca para atraer los talentos de Pete Dye y William Cox, diseñador de campos de golf y arquitecto, respectivamente, ambos de gran renombre internacional, para producir los primeros proyectos que, junto a una hábil estrategia de seducción de celebridades, logró que la idea prendiera y poco a poco se creara un mercado de rápido y rentable crecimiento. Muy poco después, el dominicano Alfonso Paniagua, al frente del mercadeo y ventas, motoriza un proceso en el que familias y propietarios nacionales adquieren propiedades especialmente diseñadas para este público, alcanzando así, en poco tiempo, construir una imagen de gran potencia en la cultura del ocio en la República Dominicana, e ir consolidando una noción de comunidad, antes ausente. Una imagen que no solo creó un standard de calidad mucho más alto en el público, sino un modo de proceder eficiente de gestión total en el país.

Los proyectos de los primeros años estuvieron diseñados por Cox, quien sin duda alguna, creó e institucionalizó la filosofía e identidad de Casa de Campo. Cox, talentosamente, asumió una mirada inspirada en la arquitectura histórica del Central Romana, realizada en los orígenes del Ingenio por la Porto Rico Sugar Co, un grupo de instalaciones de hermosa factura hoy con más de 100 años de existencia, que constituyen uno de los “bateyes” más coherentes y bien conservados del planeta. Esta arquitectura posee un imaginario frecuente en otras comunidades azucareras -Boca Chica es un ejemplo cercano- y se apoya en construcciones de techos inclinados, cubiertas de láminas metálicas sobre estructuras de madera, muros gruesos de piedra caliza local expuesta en las fachadas, verandas y plafones térmicos, repertorio con el que fueron realizadas las obras del batey, sean domésticas o laborales. Además de apreciar esta rica paleta, Cox se empleó a fondo adaptándose al clima, y propició el uso de profundos aleros y voladizos, louvers de madera de piso a techo, estructuras de madera expresivas y espacios dotados de ventilación cruzada e iluminación natural, siempre tamizada, componentes de todo un sistema de dispositivos arquitectónicos que de una manera u otra, determinaron el modo de actuar de casi todos los arquitectos que le han seguido, -despachos y creadores locales como Oscar de la Renta, José Horacio Marranzini o Caralva, estos últimos con un destacadísimo papel en estas etapas tempranas y en la idealización de Altos de Chavón- o internacionales -Roberto Coppa, Marco Aldaco, Hugh Newell Jacobsen son solo varios destacados-, gracias a la determinación de códigos de diseño certeramente controlados –ma non troppo– por la Oficina de Ingeniería y Planificación de Costa Sur.

Esta edición revisa con detalle, por primera vez en el panorama editorial internacional, las obras pioneras de Cox y de otros autores. El protagonismo de Roberto Coppa se hace indispensable de señalar en la transformación cosmética de Altos de Chavón, y de Gianfranco Fini en la materialización de la Marina; otros muchos autores han dejado su huella, y de alguna manera han creado un espacio existencial muy cercano a la idea original: un lugar de vida grata, abierto al espacio natural en una comunidad de fácil vivir y con la equilibrada dosis de privacidad y de convivencia colectiva. En el próximo número detallaremos muchas de las obras recientes de relevancia. Sirva este como bitácora del primer acto de esta obra bipartita.

Queremos agradecer sinceramente al amigo Arq. Adolfo Despradel, Director de la Oficina de Ingeniería y Planificación de Costasur, y a todo su equipo, quienes nos dieron un apoyo extraordinario participando a a modo de coeditores. Igualmente a David Peacock, cuyos textos escritos con Adolfo en Casa Life han sido revisados exclusivamente para AAA. Igualmente a los fotógrafos Alfredo Esteban, Ricardo Briones y Gustavo José Moré (Photo GUM), quienes enriquecieron la edición con sus magníficas imágenes. Agradecimiento especial para Dominique Bluhdorn y Alfonso Paniagua, por las reveladoras entrevistas brindadas aqui reseñadas. Muchas gracias a todos.

AAA se ha hecho eco de la problemática urbana, fenómeno creciente en todas las ciudades del mundo, pero particularmente compleja en Santo Domingo. Aqui reseñamos in extenso la redacción del documento Carta a Santo Domingo, producto del intercambio de visiones y del análissi de un grupo de profesionales y ciudadanos convocados por la UNPHU a iniciativa del periódico Listón Diario, con el objetivo de propones ideas y estrategia dirigidas a aliviar los problemas de la ciudad en cinco cursos de acción, señalados en el documento. Nos parece importante acotar esta iniciativa y hacerla viable como un proyecto abierto, siempre en curso de acción. De nuevo hospedamos un texto del Arq. Federico Vegas, escritor y diseñador venezolano, quien nos visita con mucha frecuencia. En esta ocasión se trata de un texto provocador sobre los 500 años de la ciudad de Caracas, urbe de gran vitalidad que está sufriendo en silencio el maltrato y la indiferencia de toda una sociedad.

Gustavo Luis Moré